RECUERDO IMBORRABLE

20 Julio 2009

 
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Cuando lea usted, querido lector, estas líneas, ya estaremos todos en el período vacacional, tanto en las instituciones educativas de todo nivel, oficinas gubernamentales y algunos tipos de empresas.
La situación económica que vive el país no permite largos y costosos viajes, aunque los padres de familia desearían atender los insistentes requerimientos de sus pequeños hijos para conocer esos paraísos infantiles que los mercados han construido en el extranjero, pero bien pueden los jefes de familia con imaginación y conocimiento encontrar lugares apropiados dentro de nuestro país que se ajusten a diversas posibilidades económicas.

El inicio del período vacacional escolar implica una despedida que aunque transitoria, nos separa de aquellos inolvidables seres a quienes después de nuestros padres debemos tanta gratitud, consideración y afecto.
En este renglón y en este tiempo vuelve a mi memoria la figura de mi querido maestro, don José C.
Macías, quien nos impartía al reducido grupo de entonces en la Escuela de Derecho la clase de Derecho Romano, qué digo clase, era una verdadera cátedra.
Enhiesto a sus 77 años, su blanca y luenga cabellera, su andar rápido y su dulce sonrisa, dejó en mí un imborrable recuerdo.

CINCUENTA AÑOS DE ESPERA
Un buen día me mandó llamar y me dijo: “Señor compañero (como solía decirnos) deseo invitarlo para que esta tarde me acompañe a una ceremonia privada en mi domicilio, le ruego no faltar”, por supuesto que estuve puntual a la cita, vivía el maestro en una modesta casa sobre la calle Colón a cuadra y media de la plaza principal en Tampico, casi al mismo tiempo llegaron también el padre Carlos González Salas y el señor Eligio Contreras, a la sazón juez del Registro Civil.
Nos recibió el maestro, nos hizo sentar en una muy sencilla salita y ofreciéndonos disculpas entró a su recámara, tardó breves minutos y para nuestra sorpresa salió llevando en silla de ruedas a una anciana que conservaba los hermosos restos de una bella juventud y dirigiéndose a nosotros, el maestros nos dijo: “He querido invitarles a que me acompañen a cumplirle a esta mujer mi palabra dada hace cincuenta años y que por avatares de la vida tuvimos que aplazar, proceda usted señor juez”.
Huelga decir la profunda emoción que nos embargaba, el juez con dificultad leía la Epístola de Melchor Ocampo y el inteligente y culto sacerdote González Salas terminaba pronunciando más que un sermón oficial, una serie de profundas reflexiones que me dejaron hondos recuerdos.

Poco tiempo después falleció la contrayente y apenas un par de años después con la misma modestia que vivió su luminosa vida, falleció mí admirado maestro a quien tuve la oportunidad de acompañar.

UN RÉQUIEM PARA SIEMPRE
¿Por qué de estos recuerdos llenos de dulzura? Porque tengo hermanadas en el alma dos figuras de igual tamaño, la de mi padre don José del Río Saucedo y la de mi maestro don José Catarino Macías, cuyas existencias parecenvenir de muy lejos, ajenas a todo lo que significa la miseria, la codicia y el materialismo que parecen borrar los últimos vestigios de la virtud humana, en su recuerdo el 7 de marzo de 1968 con el título de Réquiem por un Buen Maestro escribí en el Sol de Tampico:
“Nunca tan cerca del cielo.
Su vida no se extinguió entre tristes lamentos ni quejas lastimeras.
Fue rápida la caída de un telón luminoso y esplendente.
Y el último acto como el primero, vigoroso y firme.
Su última cátedra de humildad y decoro.

Quienes lo recordamos desde su pupitre, grave la voz, alto el pensamiento, docta la magistral palabra, eslabonar con clara inteligencia añosos aforismos latinos y prácticas sentencias judiciales, en el marco magnífico de su señera mirada y su paternal y blanca cabellera.

Quienes lo retenemos como bondadoso y dulce guiador de briosas generaciones, no siempre remisas, dando alientos de permanente juventud, ejemplificada en el puntual deber cotidiano.

Quienes lo conocimos intachable caballero del respeto y del honor, lúcido y ágil en la charla amena, salpicada de alegres recuerdos y de finas y exquisitas cortesías.

Quienes supimos de sus afectos podemos aquilatar su ausencia.

Descansen los latinos libros, descanse Virgilio y Homero buscados y abrevados en su lengua materna, descansen en los viejos libreros las Pandectas y las Partidas, descanse Bonnecase y Planiol, que no vendrán aquellas manos surcadas y firmes a buscarles ansiosas.
Descanse el piano dulce y consentido, que nadie arrancará ya las rumbosas notas, sístole y diástole de su vida romántica y soñadora.
Descanse el bastón del caballero, báculo de patriarca moabita, lanza de infatigable Quijote tiernísimo con los Sanchos ignaros e implacable con los malandrines.

Descanse su austero abrigo negro de cabalgar en los erguidos hombros, hasta ahora, jamás doblegados.

Que nunca descansen ni mueran los sabios conceptos, que suenen con triunfales ecos las santas lecciones de olvidadas éticas y morales, ahora guardadas sólo en los gastados muros de escuelas, que no en los alumnos que olvidan lecciones y dones vertidos entre los pupitres baldados y huecos.

Que los que tuvimos la venturosa honra de escuchar de su boca la ciencia y sentir el calor de su vida de cerca, hagamos un alto, busquemos su amable recuerdo, brindándole un íntimo pedazo de alma a fuer no de paz y reposo a que nunca aspiró, sino de viviente presencia, de diario combate, para que a manera de Cid amoroso ganemos con él las diarias batallas bajo, sus por virtuosas, inmortales y blancas banderas.
” Hay recuerdos que merecen disfrutarse toda la vida.


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