EDITORIALISTAS > CARLOS MONSIVÁIS

La marcha al DF

01 Marzo 2010

 
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"La luna en el mar riela,/ en la lona gime el viento/ y alza en blando movimiento/ olas de plata y azur.
.
.
" (J.
de Espronceda).
El cruel tiempo y las cambiantes modas han salvado muy poco de la obra del poeta, popularísimo en su momento, José de Espronceda.
Junto a la fuerza de Inglaterra, de los países teutones y de Francia, el romanticismo español resultó tardío y escaso de figuras.
Sin embargo, ese poderoso señor llamado Rubén Darío se pregunta, y nos pregunta: "¿Quién que es,/ no es romántico?" y es de esto de lo que tenemos que hablar, de nuestro incurable y desmelenado romanticismo que nos habita a todos y que se manifiesta en obras tan aparentemente distantes y disímbolas como las de Jaime Sabines y José Alfredo Jiménez.
Ya Garcilaso de la Vega, en el siglo XVI, había anticipado lo que sería el íntimo emblema vital de nosotros: un permanente y "dolorido sentir" (y no se cura con el tiempo.
Yo, como el volcán, me considero un "viejo humeante".
Así es que: ¡aguas!).

Creo que con esta ilustrativa lección de "iniciación al romanticismo", ya es suficiente para explicarles por qué y cómo la noche que va del sábado último al domingo, su Charro Negro estaba apoltronado en la terraza de la elevada habitación que, para mí, dispuso mi contratante y amigo, la empresa ESPN.

Y ahí estaba yo, solito y mi alma, permitiendo que el mar y la luna llena se llevaran suave y dulcemente mi mirada y mis pensamientos que arrancaban desde mi primera infancia, cuando mis padres me llevaron a conocer el mar de Acapulco.
Sesenta años después, ahí estaba yo hilvanando y tramando un variopinto discurso que pretendía incluir a José de Espronceda con el terremoto en Chile (los fieros araucanos que, al parecer no tuvieron suficiente pena con Pinochet y que ahora tiene que lidiar con esas desgracias mandadas no se sabe por quién y tampoco se sabe para qué), y esto, entreverado con los excelentes partidos de tenis que acababa de disfrutar y con el nítido triunfo de los sorprendentes Pumas que, gol por gol, me iba siendo reseñado por Canito, mi primogénito, a quien tuve que decirle con voz firme, después del tercer gol: Canito, ¡basta!, ya no me hables cada vez que anotan los Pumas, porque, si ganan 10-0, ni a ti, ni a tu padre les va a alcanzar para pagar el cuentón que sin piedad nos asestará Slim Fast.
El Ángel de mis entretelas obedeció y curiosamente, los Pumas no volvieron a anotar.
También podría reseñar el hecho notable y sospechoso de que las Chivas sigan invictas, pero da la casualidad de que esta columna es mía y no de mi levantisca secretaria (que terminará haciéndose con ella, ustedes lo han de ver; yo ya no).

Mientras tanto, y tal como es nuestra costumbre, salvo cuando se trata de Chalco: México ya ofreció toda su ayuda al hermano país que se llamaba Chiloé.
"El Zapoteco", me imagino que ya calienta motores, para que no los vayan a agarrar fríos y deciden mandarlos al país austral a llevar algún producto comprobadamente no perecedero; de otro modo, el maíz, como ya ha ocurrido, llega germinado y ya con sus varitas de unos 30 cms.
Yo digo que lo mejor sería que mandáramos lana a la señora Bachelet, que de algo le servirá.

A lo lejos, ya se divisa México.
Ya terminé.

¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDCCXLIII (1743)MONTIEL
Cualquier correspondencia con esta columna de luto por Carlos Montemayor, favor de dirigirla a


dehesagerman@gmail.
com

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» QUIÉN ES Carlos Monsiváis...

Uno de los escritores más importantes del México contemporáneo. Su capacidad crítica, su estatura intelectual y su peculiaridad estilística lo han convertido en una de las voces más reconocibles del panorama cultural hispánico. De igual modo, su omnipresencia en múltiples foros (revistas, mesas redondas, programas de radio y televisión, periódicos, coloquios, museos, películas, antologías, prólogos...) lo ha convertido en una celebridad y en uno de los personajes fundamentales de la Ciudad de México. El escritor Adolfo Castañón, en su ensayo "Un hombre llamado ciudad", lo considera «el último escritor público en México», en el sentido en que no sólo cualquier mexicano lo ha escuchado o leído, sino que todos son capaces de reconocerlo en la calle.

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