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Pedro hehco de maiz chinampero
Por: Omar y Mariano Sandoval, Reynosa, Tam. / El Mañana - 01 Noviembre 2009
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“Sembrar maíz es parte de mi vida, cultivarlo, cosecharlo, para mí eso es lo que significa el maíz. Esto es una forma de vivir, el negocio se queda aparte, es importante pero no es lo primordial.
Visitamos el canal de Cuemanco para descubrir un verdadero paraíso: Una de las milenarias chinampas de Xochimilco, legado de generaciones. Testimonio y emociones de uno de sus protagonistas principales.
‘No estamos hechos de tierra como se dice en la Biblia, estamos hechos de maíz; me lo decían desde que empecé a crecer.
Primero, hicieron hombres de barro pero fueron malos y la fuerza creadora los destruyó.
Esa misma fuerza tomó una bola de maíz blanco y una bola de maíz amarillo, la juntó, las amasó y con eso dio vida al primer hombre.
Por eso, (el maíz) es sagrado porque estamos hechos de él.
Solamente una persona que siente y que piensa así puede cuidar al maíz”.
Lo anterior es una de las primeras sentencias con la que nos recibe Pedro Méndez Rosas, después de recorrer a la manera tradicional el canal de Cuemanco para descubrir su paraíso personal: Una de las milenarias chinampas de Xochimilco, legado de generaciones.
Con voz firme y profunda nos comparte que es descendiente de la familia Artilic, del barrio de Coloacatzingoatlilic que quiere decir “en el agua negra donde habita la gente importante”.
Esa gente eran sus abuelos, a los que cita constantemente como una forma de rendirles tributo.
Desde hace miles de años sus abuelos han trabajado el llamado maíz chinampero.
“Sembrar maíz es parte de mi vida, cultivarlo, cosecharlo, para mí eso es lo que significa el maíz.
Esto es una forma de vivir, el negocio se queda aparte, es importante pero no es lo primordial”, señala Pedro como si se tratara de una poesía que canta debajo de su sombrero.
Mientras una choza nos cubre de un sol entero que quema, Pedro nos ilumina con cada palabra de la que se desprende generoso.
“En una ocasión un guerrero que descansaba en Acalpixca se quedó dormido, soltó un escudo de madera y lo dejó danzando sobre el agua para siempre.
Al poco tiempo empezaron a crecer plantitas, allí nació la idea de hacer chinampas”.
Como si de un testigo se tratara, nos confiesa que sus abuelos cortaron ramas de árbol, rules y carrizos que entretejieron como hilos para formar una balsa, llamada chinamitl.
Al sembrar una planta sobre la balsa crearon un jardín flotante.
Chinampa fue el nombre con el que bautizaron a ese cultivo, que en lengua náhuatl dice “sobre el chinamitl”.
Su piel y su alma no se distraen pues pronto afirma que el primer cultivo que se hizo en una chinampa fue de maíz.
“Había muchas formas de sembrar el maíz.
La primera se hizo sacando todo el fondo del lago que ubicaron sobre pequeños camellones, dejándolo secar.
Con el lodo seco hicieron cuadritos y sobre ellos colocaban la semillas.
Cuando la semillita había germinado y crecido un poco, la pasaban a la tierra, a su lugar definitivo.
De esta forma, se ganaba tiempo al tiempo, decían los abuelos, en lo que el terreno empezaba a trabajarse, el maíz ya iba creciendo.
Se habían ganado dos meses (…)”, relata como si de una travesura se tratara.
¿Les gusta el chile? Es el ancla que nos regresa al presente en forma de pregunta.
Una mujer frente a una olla nos prepara esquites con maíz claro que acompaña con epazote, cebolla y manteca.
Entonces, el deseo aprieta el apetito del manjar que se avecina.
No hay fotos de familia, no hacen falta pues su herencia se revela todo el tiempo y recuerda con alegría que su abuelo al cosechar la primera mazorca la abrazaba y la besaba.
Otras señoras le cantaban, lo adoraban, lo cargaban como si fuera un niño.
Pedro brinca con certeza entre la historia, con encanto explica que los xochimilcas se arrancaban la piel por evocar fertilidad en sus sembradíos de maíz.
Siguiendo sus palabras nos alejamos de la choza para pisar la chinampa.
Nos guía en ese universo y retoma “el cultivo del maíz es anual, se siembra en enero y se cosecha incluso desde junio.
La chinampa no pierde tiempo, mientras el maíz ya no se puede dar se puede sembrar otro cultivo (…)”.
Pedro se entrega a cada paso y como semillas va dejando secretos al andar.
“El maíz tiene maña, hay que tocarlo.
Si está tierno no se puede comer, tiene que estar más durito.
Se tiene que ir calando.
Si entra un animal es que ya está listo, porque el animal es más inteligente que nosotros”, dice mientras se cuela como agua entre los dedos dentro de los maizales.
De pronto la tierra se acaba y frente al agua nuestro anfitrión afirma que no está contaminada, sino que está revuelta únicamente.
“Los peces, variedad de la carpa asiática, son los culpables de la oscuridad de esta agua, pues a su paso revolotean el fondo para devorar las raíces de los ahuejotes”.
Sin embargo, Pedro deja ver su arista más crítica citando a los expertos que concluyeron que el agua de este lugar nunca fue clara.
Por ello, sus abuelos al nombrar este lugar hicieron referencia a su negritud.
Su chinampa ha sido cuna de maíz rojo, azul, claro y amarillo.
Este último fue el primero e sufrir el embrujo del maíz transgénico, pues “es el que más aguanta, el que más crece, el que hecha los granos más grandes, por eso fue el primero que tomaron, la mayor parte se mezcló y se perdió” argumenta entristecido.
Pedro se pierde en el desasosiego: “He visto gente que llora cuando le dicen que hay una variedad del maíz que puede matar a los demás: el transgénico.
Ése, trae un gen que se transmite a través del polen y que hace que las otras variedades de maíz adopten ese gen.
Este gen tiende a volver estéril a la planta que poliniza”.
Su voz pierde ritmo y se convierte en grito, “cuando lo supe a mi si me dio horror.
Estamos ante el borde del final, eso es lo peor que puede pasar.
Destruirá a los hombres pues nosotros estamos hechos de maíz, si nosotros no consumimos maíz nos vamos a morir”.
El sosiego le vuelve al reconocer que los granos de cultivo orgánico no son uniformes en color y que se plagan de animalitos, claves que suelta como advertencias que retumbarán en futuras ingestas de maíz a quien lo escuche.
Con decisión advierte que no está certificado como orgánicoporque siente que no lo necesita pues tiene en su bolsillo la confianza que se ha ganado entre la gente.
Su silogismo es contundente pues la confianza pesa más que cualquier papel.
Al acercarse a sus otros amores, distintos cultivos que acompañan al maíz, a Pedro se le escapa una sonrisa “la tierra te cobra tributo, decía mi abuelo, primero comen los ratones, después los rateros y después nosotros”.
Por ello, lanza la cabeza al cielo y con picardía anuncia que “hay que observar la luna.
Hoy va a nacer la Luna, va a aparecer después de que desapareció por dos o tres días, viene a crecer, a menguar y a morir.
Nos basamos en eso para nuestros cultivos, el animalito sigue ese ciclo.
A la naturaleza hay que saberla entender, si aprendes y sabes cómo se mueve tienes una gran ventaja sobre las cosas”.
Pedro reconoce sin pena que su producción es muy pequeña “no levantamos de maíz en grano más que como una tonelada, porque la mayor parte la cortamos en elote”.
De apoyos externos dice que le pide documentos, que demuestre que siembra una variedad de maíz local, una muestra para estudio, que se constituya, que no aplique químicos.
“Esos apoyos nunca llegan.
Te piden muchas cosas, pierdes mucho tiempo, te aburres en la burocracia y no te prestan la cantidad que se requiere” y al hablarlo se vuelve a aburrir en un bostezo.
Pero sus palabras lo espabilan una vez más: “Nos ayudaría mucho que la gente volteara y supiera apreciar lo que vale el maíz chinampero”.
Desconfía de aquellos que nombran a Xochimilco área natural protegida y después se contradicen al regalar grava para construir casas en el paraíso.
El sol no descansa, nos olvidamos de él al devorar esquites en horas de maíz, y de cuchara sirve la punta que cortaron de la misma hoja.
Cita a Zapata, recuerda a Benito Juárez y a Porfirio Díaz, habla de ciencia y de conciencia, de realidad y de mitos.
Su esperanza es sólo palabra pero con tantas ganas que se toca “no tengo hijos pero me gustaría tenerlos, los voy a educar a la forma antigua para que sigan la tradición chinampera”.
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