EN SUPLEMENTOS > DOMINICAL > ARTÍCULOS

Violines en el cielo

Por: Por Armando Vega-Gil / Revista Emeequis - 28 Febrero 2010

 
VOTA AQUÍ 
0
 VOTOS
  • Enviar a un amigo

    Tu mail:
    Tu nombre:
    Email de tu amigo:
     
  • REDES SOCIALES

    Meneame Fresqui
    Enchilame del.icio.us
    Facebook Google Bookmarks
    Yahoo! My Web Technorati

Uno de los grandes misterios de la existencia es el que encierra un cuerpo sin vida, un cadáver tendido en el lecho que lo vio morir, echado en la charola impiadosa y brutal de la morgue, recostado en el ataúd que lo conduce al cementerio o al crematorio.

Ese cuerpo inanimado es un eslabón tangible, contundente, denso, que vincula la vida con la muerte, es el testigo innegable de la presencia del ser en el sueño alucinante de la realidad, de su partida que no es un despertar sino un otro sueño, más profundo y radical.
Ese ser que caminaba o se arrastraba, comía y defecaba, pensaba y soñaba aún sin recordarlo, amaba y odiaba en un milagro único y múltiple a la vez, yace vacío, estático, en un silencio triste, como el bulto de ropas que he lanzado al piso para desnudarme: esas ropas no son yo, pero me contenían en un acto de ocultamiento y revelación, y me protegieron del sol, del frío, de la lluvia, y me permitieron andar por los caminos, permanecer en los hogares y las montañas, mares y ciudades; sí, los colores y acomodos de esos tejidos de algodón y lana me representaban al llevarlos encima y guardan por un instante el humor cálido de mi piel, la suma infinita de mis olores.
Pero a diferencia de mi vestimenta, el cuerpo del que se ha ido para siempre y sin remedio, pierde el calor y el aroma de la vida, además de corromperse en un proceso monstruoso tras su tenaz búsqueda por reintegrarse al ciclo vital en una explosión de elementos vibrantes: tierra, viento, agua.

Lo que resta es, entonces, el fuego.

Como en los estratos concéntricos del tronco de un árbol aserrado, en las células más íntimas que se extienden en mantos y ríos de carne y huesos hacia el mundo podemos leer la historia del extinguido, entender su edad, saber de las fuerzas que lo animaban, de la confabulación que colapsara su corazón, sus pulmones, la nada total que cubriera para siempre los ductos de sus pensamientos y emociones.

Un cadáver es un tesoro valiosísimo, efímero por su propia naturaleza mutable, un libro cuyas hojas se deshacen entre los dedos; el cadáver es una reliquia sagrada, pero el dolor de ver al ser amado sin vida nos demuda el alma, ciega y mata los bosques de verdor y luz que nos habitan.
El cuerpo rígido y exánime nos horroriza y llena de miedo porque es la confirmación de que el hermano o el padre, la esposa o el amigo indispensables se ausentarán definitiva y definitoriamente, la confirmación de que también nosotros seremos pasto que la enfermedad o un accidente estúpido o el crimen o el suicidio arrancarán del suelo fértil de lo vivo.

Tocar un cuerpo sin vida podría enloquecernos al hacernos absorber con nuestros dedos trémulos el frío absoluto que emerge de él, pues ni las rocas a la sombra ni la nieve ni la noche son tan heladas como una carne muerta; nos abofetearía el alma y derrotaría la entereza ver frente a frente la cara del que ya se ausenta, del que nos devuelve una mueca hueca allí donde esperamos una sonrisa.
¿Qué hacer con este fardo increíble y desmesurado que merece el mayor de los respetos por ser la representación del fallecido? ¿Qué hacer con los restos que requieren la mayor de las devociones, el último cuidado, el beso postrero, el abrazo final? ¿Qué hacer con esta concreción irrebatible de la muerte y sus enseñanzas?
Lo que resta es el fuego.

Reintegrar la ceniza a la ceniza, el polvo al polvo, la tierra a la noche, el agua al mar, el viento al cielo, cantarle a nadie, desplegar un adagio melancólico en la soledad de un valle desierto a la memoria de los muertos, porque todos, todos los muertos del mundo son nuestros, y todos somos viudas y huérfanos de este mundo que cambia una y otra vez de piel.

En la divertida, tristísima y sanadora película Violines en el cielo, el personaje principal, Daigo Kobayashi, descubre que, en el ancestral rito del amortajamiento, la vida se reconcilia con la muerte en un acto definitivo de amor, de respeto fundacional, porque la vida sigue su curso a pesar de los adioses y las partidas, pero aun así las cosas cambian, ya nada es igual, y el luto es la confirmación de ello.
La muerte no cambia nada pero lo cambia todo.

Daigo Kobayashi lo sabe: lo que resta, entonces, es el fuego, el fuego que cura, que reintegra el ser a la naturaleza, y para dar inicio a este ritual de magia sagrada él será quien mire al rostro a nuestro muerto amado, y serán sus dedos los que absorban el frío infinito de la carne rota, y será él quien dé el último abrazo a los muertos que amamos, porque en el abandono del luto ya abrazaremos nosotros la memoria de los nuestros, en el viento, el agua y la tierra.

Déjanos tus comentarios