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CARAS NUEVAS Y EXTRAÑOS LUGARES
Por: El Mañana - 23 Octubre 2009
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LA NAVIDAD había venido y se había ido. Ahí estaba ya el Año Nuevo.
En la pequeña casa de campo techada de rojo, que está a un lado del dique, había gran movimiento y excitación, porque Katrina salía esa tarde para Amsterdam.
Iba enteramente sola porque Mynheer van Dyne, le había escrito que su hija y él la esperarían en la Estación de Amsterdam.
Durante toda la mañana los vecinos pasaron corriendo y gritando ¡¡Feliz Año Nuevo!!, y con el ánimo además de alentar a Katrina, tanto en su propósito como en su viaje, participándoles sus mejores deseos.
La pobre de su madre, estaba riendo y gimiendo, las dos cosas a la vez, y el padre estaba fumando más aprisa y más furiosamente que nunca.
Katrina estaba demasiado emocionada para darse cuenta de lo que estaba pasando.
Ya le había dado de comer a su ganso, recomendándole que fuera bueno durante su ausencia y, por lo menos cuatro veces, le había rogado a Juan que estuviera pendiente de él pues se lo dejaba encargado.
Juan, en cambio, tenía poco que decir.
Al entrar en la casa había visto el cuadro que pintara del ganso, el cual miraba desde la repisa de la chimenea a todos los del lugar.
Pedro Dirk, que sabía que Juan había hecho la pintura, (porque Katrina se lo había contado, muy orgullosa por cierto de ello), se burló de él y le llamó irónicamente «un gran artista».
Si hubieran estado fuera, ¡qué caro le habrían costado sus palabras a Pedro! Pero los ojos de Katrina y de su madre, estaban continuamente sobre Juan, de modo que lo único que pudo hacer fue darle un golpe en las costillas, sin que nadie lo advirtiera.
Por fin llegó la hora de la partida de Katrina.
Como hacía frío, se puso la bella prenda que le había enviado el alcalde de Amsterdam, y se la abotonó muy bien.
Se puso después en camino para la estación junto con su padre, que iba abrigado hasta la barba, y con su madre, que se veía más rolliza que nunca, con sus varios refajos y su gran chal.
Una larga fila de chiquillos del lugar iba tras ellos.
Tan pronto como Katrina se sentó cómodamente en el carro que debía de llevarla a Amsterdam, buscó entre la multitud de chiquillos que estaban gritando y diciéndole adiós, el rostro de Juan.
Allí estaban Janete y Justo, encareciéndola que regresara a casa pronto.
Allí estaba el pequeño Diederick, tirándole besos.
Allí estaba ondulando su gorra al aire el viejo tío Adrián, que había venido desde Hoorn.
Hasta el ganso estaba allí moviendo la cabeza de arriba abajo, y graznando lo más escandalosamente que podía.
Pero Juan no estaba por ninguna parte.
Y Katrina se sintió muy decepcionada, sin comprender que Juan no podía soportar que la única compañera y amiga que tenía en el mundo partiera para Amsterdam.
En seguida, en medio de las exclamaciones tales como «Adiós», «Buena suerte», etc.
, se oyó un desagradable ¡pan! ¡pan!, y el tren, con un gran chirriar de ruedas, arrancó ruidosamente y resoplando hacia la gran ciudad de Amsterdam.
Una tras otra,varias veces el ganso inclinó la cabeza y los padres de Katrina ondearon las manos, mientras que los chiquillos gritaban más fuertemente que nunca y las campanas de la iglesia enviaban sus argentinos tonos, que se rizaban sobre los viejos techos y aleros de la aldea; todo esto, para la dulce jovencita que iba con la cara muy seria avanzando hacia una gran aventura.
Después, el tren entró en un curva y.
.
.
Katrina se había ido.
Al regresar a la ciudad, los padres de la muchacha iban con las caras tristes y los corazones abrumados de pena, porque con Katrina se iba todo el sol que alumbraba sus existencias.
También se asomaron las lágrimas a los ojos de Katrina al separarla el tren tan rápidamente de su Volendam.
Pero, después de todo, ella era sólo una chiquilla, así es que al poco rato ya estaba charlando y riendo jubilosamente con una pequeña y simpática damita holandesa que estaba sentada frente a ella.
Con los ojos centelleantes de emoción, Katrina miraba por la ventana del carro.
No había montañas; sólo, aquí y allá, desoladas dunas de arena, así como un molino de viento pintado alegremente de rojo, verde y azul, con las aspas blancas como la nieve.
No era largo el camino a Amsterdam, de modo que apenas se había acostumbrado Katrina al traqueteo del tren, cuando el conductor anunció en voz alta: Amsterdam.
Lo único de que se dio cuenta Katrina después, fue que el tren había penetrado ya con gran ruido bajo el cobertizo resonante de la estación y se había detenido rechinando.
Como lo habían ofrecido, allí estaban esperándola Greta y Mynheer van Dyne.
Allí estaba también Jacobo preparándose para llevarle el equipaje.
Vestida como estaba con su tosca falda de lana confeccionada en casa y su jubón ajustado, Katrina se sintió un poco tímida cuando vio a todos; pero Greta corrió hacia ella con las manos extendidas, por lo que Katrina olvidó bien pronto su timidez.
Sintió como si súbitamente hubiera sido transportada a una tierra de hadas.
Con las mejillas encendidas de emoción, tomó su lugar en el bello carruaje del alcalde, al lado de Greta.
Partieron, pues, cruzaron el puente, y penetraron al laborioso Damrak.
El hogar de los Van Dyne no estaba lejos del corazón de la ciudad.
Se encontraba en una bella avenida bordeada de altos tilos.
Frente a la entrada, Jacobo detuvo los caballos y descendieron del carruaje las muchachas y Mynheer Van Dyne.
La casa era de ladrillo opaco, y tenía un techo de tejas pulidas y brillantes.
Encima de la puerta se veía un escudo de armas dorado, medio oculto ahora por los carámbanos.
Las ventanas no tenían persianas y los marcos estaban pintados de blanco.
Katrina pensó, al seguir a Greta por un ancho tramo de escalera que tenía escalones de piedra, y unas barandillas laboriosamente adornadas a los lados, que nunca había visto una casa más bella que ésta.
La puerta fue abierta por una dama de avanzada edad, pero que, a pesar de sus años, caminaba tan erguida como Greta.
Llevaba un encaje transparente sobre su plateado cabello.
Greta la presentó como su tía abuela, Mevrouw Toorop.
Katrina le hizo una bella reverencia cortesana y con su jovial sonrisa penetró hasta el corazón de la dama, lo que ordinariamente no era una cosa fácil de lograrse.
La dama no había tenido nunca niños, por lo que a menudo era un poco impaciente con los niños de los demás.
Espaciosa y bella era la sala a la cual fue conducida Katrina.
El pavimento era de mosaicos, colocados formando dibujos según un modelo, en tanto que el techo estaba ricamente decorado con frescos.
Al final de dicha sala, aparecía una gran chimenea rodeada de azulejos azules y blancos y sobre ella se destacaban, pintadas, escenas de la Biblia.
Sobre la repisa que estaba arriba descansaban unos candelabros de bronce y un pequeño anaquel con pipas de todas clases, grandes, pequeñas, largas, cortas, .
.
.
Mynheer van Dyne estaba tan orgulloso de sus pipas como Mevrouw Toorop lo estaba de su colección de platos chinos.
Un gato yacía ante el fuego.
Más allá de la sala, a través de la amplia arcada, Katrina pudo echar una ojeada a una sala.
Vió unos tapetes suaves en el suelo, espejos venecianos con marcos dorados, bellas pinturas, estatuas de inapreciable valor y un gran piano sobre el cual estaba un tazón de bronce lleno de primorosas flores.
Katrina siguió a Greta a través de uno y otro cuarto.
Después fueron las dos, cogidas de la mano, a una curiosa escalera circular.
Al final de la escalera, Greta abrió una puerta y dijo: -Este es tu cuarto, Katrina.
Fíjate, está junto al mío.
-
Era un cuarto grande y bien asoleado al que fue introducida Katrina.
Tenía una ancha ventana que dominaba el campo y cerca de ella se veían una silla y una mesa con muchos y muy bonitos libros.
Atravesada en el cuarto podía admirarse un cama tallada cubierta con una colcha de encaje y había además un ropero muy bien pulido.
En el pavimento se veían varios tapetes azules.
Abriendo completamente las puertas del ropero, Greta indicó: -Todo esto es para ti, Katrina.
-
Con ojos azorados Katrina permaneció contemplando fijamente la hilera de vestidos que pendían en el interior del armario y la fila de zapatos que estaban en el suelo del mismo mueble.
-¿Para mí?- logró murmurar por fin.
Greta afirmó que sí, sonriendo.
-Ahora debes probarte este vestido,- añadió, eligiendo uno de terciopelo azul, con un toque de aplicación de encajes en el cuello y en las mangas.
Katrina se lo puso sin decir palabra alguna por lo emocionada que estaba.
Después, echando una mirada al espejo, se pellizcó a sí misma y, sonriendo de pronto jubilosamente, dijo: -Bueno, después de todo, soy yo misma.
Pero esto es cosa de magia, Greta.
-
Sonó en esos instantes un gongo en la sala.
Las dos muchachas, cogidas de la mano, descendieron las escaleras y penetraron en el espacioso comedor con cortinas rojas.
El alcalde y Mevrouw Toorop estaban aguardándolas ahí.
Katrina se sentó en uno de los lados de la pulida mesa, frente a Greta.
Durante la comida Katrina habló pocas veces, temerosa de que fuera a desagradar de algún modo, especialmente a Mevrouw Toorop, y dado que no conocía las maneras de los ricos.
¡Nunca había visto un conjunto tan bello de vajilla de plata y cristal escarchado! Se acordó de la desnuda mesa de madera de su casa, de la taza azul ya rajada en que acostumbraba tomar su sopa, y del juego de cubiertos que le servía para todos los platillos de la comida.
Katrina sintió un poco de descanso cuando oyó por fin la voz de Mevrouw Toorop, que la decía: -Hasta mañana.
-
No le vino el sueño tan fácilmente a Katrina esa primera noche en Amsterdam.
Durante largo rato estuvo en la ventana de su cuarto, que tenía bellas cortinas blancas, mirando sin atención el congelado canal que estaba abajo de ella.
Trataba de figurarse en esos momentos a sus padres.
La madre debería estar, quizás, tejiendo, y el padre fumando su larga pipa.
y también ¡oh, sí! también debía estar allí su ganso, cerca del fuego, parpadeando y preguntándose por qué no regresaba a su casa su querida ama.
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